Rodeados de buitres en la Reserva Biológica Campanarios de Azaba
La cadena trófica en el monte mediterráneo se completa con la presencia de las grandes carroñeras. Para comprobarlo, hemos venido hasta la salmantina Reserva Biológica Campanarios de Azaba, en la frontera con tierra portuguesa. Escondidos en el hide “El Muladar” reina la calma… hasta que entra en escena el primer buitre y comienza el asombroso espectáculo de este caos ordenado.
En la naturaleza, de forma general, la actividad pajarera comienza temprano, muy temprano, habitualmente al alba, cuando el sol ni siquiera ha despuntado en el horizonte. En nuestro caso hace ya rato que el astro rey calienta, de hecho, es lo que necesitan nuestros protagonistas alados de hoy. Para disfrutar de la siempre impactante sesión de hide de las grandes rapaces carroñeras ibéricas, ni siquiera es preciso madrugar; aunque siempre está la nada desdeñable opción de comenzar la jornada mucho antes en alguno de los hides de pajarillos y, tras desayunar en el lodge, enlazar con el hide El Muladar, que así es como se ha bautizado este escondite fotográfico de la Reserva Biológica Campanarios de Azaba (Salamanca).
Nosotros hemos entrado al hide a eso de las 10 h. de la mañana. Hace un buen rato que amaneció y el sol ya calienta con fuerza formando las corrientes térmicas tan del gusto de estas rapaces y otras aves planeadoras que dependen de estas masas de aire caliente rebotado en la superficie del suelo para volar con la mayor eficiencia energética. Estamos cómodamente sentados en el interior del hide a ras de suelo, con el escenario a la altura de los ojos. Mientras nos disponemos a disfrutar al máximo en privilegiada tribuna del festín carnívoro, reina la calma en el cielo. Al cerrar la trampilla superior, por la que hemos descendido a través de unas escaleras, no había ni rastro de buitres en el firmamento. Pero ya se sabe que la visión de estas gigantes aves y la fluida comunicación entre ellas en caso de que alguna encuentre alimento, es tan magnífica como su envergadura. Es cuestión de esperar.
Amenizan la espera una pareja de milanos reales posados en un lejano tronco seco. Uno de ellos no para de reclamar, quién sabe el qué, de forma insistente. Como premio a su repetida llamada ya son media docena de congéneres los que se acercan al lugar. El protagonista es el primero en descender de su oteadero y acercarse a las inmediaciones de la comida. Las sombras de siluetas en vuelo van haciendo acto de presencia. Son otros milanos. Alguno negro.
De improviso, la calma se rompe cuando una enorme silueta rasga el cielo y aterriza sin pensárselo dos veces. Un buitre común, otro, otro, y otro. Una pareja de buitres negros, otra… en menos de medio minuto la lluvia de buitres cubre por completo el escenario frente a nuestros atónitos ojos. Siguen bajando. En apenas un minuto son alrededor de doscientos buitres entre comunes y negros; quizá en un porcentaje de 65%-35% a favor de los primeros. El barullo que se ha formado frente al cristal espía no nos permite precisar. Quizá un 70%-30%. Imponentes, en cualquier caso. A lado de estos gigantes de casi 3 metros de envergadura, las siluetas de los esbeltos milanos parecen una rapaz en miniatura. Ensimismados, disfrutamos de la escena repleta de actores en un plano secuencia.
A la fiesta se van sumando con el paso de la mañana otras especies habituales como el cuervo. Pero estamos de suerte, a última hora llega una pareja de alimoches para poner otra nota de color en la paleta de la carroñada. ¡Menudo espectáculo!
Algún buitre leonado se acerca a curiosear a un palmo del cristal ¡Imposible tener a esta enorme rapaz más cerca! Podemos incluso apreciar detalles de su lengua. Aunque el resto no se puede decir que estén lejos precisamente… a cuatro o cinco metros disfrutamos a placer del resto de protagonistas. Mientras los observamos, estamos de acuerdo en que el buitre negro, dentro de los estándares de belleza de estas grandes carroñeras, es el más bello de las tres especies de buitre presentes hoy frente al hide. No ha faltado ninguna a la cita.
De la misma forma que llegaron, poco a poco, van abandonando el escenario, saciados, impulsándose por la ladera hacia la dehesa que tapiza la finca. Se nos ha pasado la mañana en un suspiro. Cuando vienen a buscarnos, el guía intuye la satisfacción pues él si ha podido ver la maraña de buitres en el cielo encima del hide antes de que bajaran. No se equivoca lo más mínimo. Aunque en ocasiones algún zorro o incluso algún águila imperial se presentan sin invitación al banquete, en esta ocasión, ya en el exterior, levantamos la mirada para escudriñar el azul del cielo y vemos a media altura una rueda de buitres que se marchan satisfechos. En esa rueda de siluetas la que vuela más bajo ganando altura al rebufo de la corriente térmica, nos llama pronto la atención: ¡una cigüeña negra! Otro de los símbolos del bosque mediterráneo ha querido poner el broche de oro a una experiencia memorable, que concluye como empezó, por todo lo alto.
Llenos de gozo por las emociones vividas regresamos al hide a tiempo de tomar un baño refrescante en la piscina y relajarnos mientras sirven la comida. Y lo hacemos sabiendo además que nuestra actividad de hoy, como el alojamiento, sirven para contribuir a la conservación de la naturaleza, pues la reserva pertenece a la Fundación Naturaleza y Hombre, entidad sin ánimo de lucro y referente ambiental, y parte del importe de los visitantes se reinvierte en proyectos de conservación.
Mientras nos deleitamos con el chapuzón pensamos en que, además de disfrutar de lo lindo con los inolvidables momentos de la jornada, somos verdaderos ecoturistas. Si esto no es un lujo vital, se le parece bastante.